A veces del pasado sólo nos quedan anécdotas remotas. Ejemplo de eso es Diógenes, el primero, el de Sinope, conocido como el Cínico o el Perro, de quien dicen que habiéndose enterado de que Platón definía al hombre como un “bípedo implume”, tomó un gallo y desplumándolo lo introdujo en la Academia mientras anunciaba: ¡Aquí está el hombre de Platón! La tradición filosófica ha interpretado de una y mil maneras las anécdotas apócrifas de Diógenes. Han dicho por ejemplo que a raíz de la burla, Platón decidió ampliar su definición de hombre a “bípedo implume de uña ancha”. Ya no importa si la anécdota ocurrió, el hecho nos mostraría una antigua preocupación, natural en cualquier pensador: la de ampliar las definiciones para hacerlas caber a la fuerza en la realidad, y no al revés. Lo que vemos en la foto es un bípedo con unas pocas plumas que sobrevivió a la arremetida de otro bípedo semejante. Poner a pelear a estos dos emplumados hasta la muerte de uno d...