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Black-Headed Gull



         Photograph by Christopher Hoyle, England*

Lo que hace bello el lunar que admiramos en la chica del autobús es el detalle asimétrico que otorga a su rostro. El punto la identifica en nuestra memoria, la chica del lunar. La simetría, entonces, no es condición para la belleza. Si hiciéramos el ejercicio de partir por la mitad la foto de esta gaviota y ponerla frente a un espejo no lograríamos el efecto de una criatura que vuela con alas extendidas hacia un lente, conseguiríamos un ave platónica, irreal. Nótese que una parte de las plumas de su ala derecha están sobre las plumas de la cola, nótese su cuerpo de algodón, sus ojos, su cabeza negra, sus patas asimétricas del color de la sangre. Puede decirse que el aleteo está suspendido en un instante asimétrico, puede decirse que lejos de lo que opinaban ciertos pensadores medievales, cierta asimetría es condición para la belleza.

Y también, esta gaviota, a pesar de no serlo, es un ave platónica. Cada una de esas plumas blancas que se extienden gracias a una musculatura contraída han sido tejidas por un guión genético único; y este guión ha pretendido cierta simetría en el diseño, por lo menos teóricamente. Sin embargo, aunque el aleteo de la gaviota pretenda ser simétrico para ser eficaz, para volar, los instantes de su cuerpo no lo son.

El fotógrafo que consiguió esta imagen nos cuenta que antes de ser golpeado por el ave, le vio acercarse hacia su cámara, que la gaviota frenó de repente con sus alas y se sostuvo en el aire un instante apenas suficiente para disparar el obturador. El fotógrafo especula que puede ser esta imagen la última que vean muchos animales pequeños justo antes de su muerte, justo antes de convertirse en presas. Una bella escena de terror.

En una crónica de Gabriel García Márquez un náufrago olvidado navega sin rumbo durante varios días en una canoa a mar abierto. En un instante de hambre el náufrago decide esperar agazapado y quieto hasta que una gaviota se pose sobre la canoa, luego, en el momento justo, se arroja sobre el ave quebrándole el cuello con la intención de devorarla. Cuando por fin tiene el cadáver blanco manchado de sangre en sus manos entiende la naturaleza aberrante de su crimen, entiende de repente la brutalidad de su acto y la antigua y sagrada relación de los navegantes con las gaviotas. Por alguna razón que desconocemos esta gaviota decidió atacar el lente del fotógrafo. Decía Borges, y me disculpan, que toda casualidad es una cita. El fotógrafo de esta historia tuvo la fortuna de captar un instante, el azar inmenso de encontrarse con una cámara justo cuando la gaviota vuela hacia él. Esa casualidad es una entre tantas otras que nos ha regalado la historia de la fotografía. Valga como ejemplo.

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