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El hombre de Platón







A veces del pasado sólo nos quedan anécdotas remotas. Ejemplo de eso es Diógenes, el primero, el de Sinope, conocido como el Cínico o el Perro, de quien dicen que habiéndose enterado de que Platón definía al hombre como un “bípedo implume”, tomó un gallo y desplumándolo lo introdujo en la Academia mientras anunciaba: ¡Aquí está el hombre de Platón!


La tradición filosófica ha interpretado de una y mil maneras las anécdotas apócrifas de Diógenes. Han dicho por ejemplo que a raíz de la burla, Platón decidió ampliar su definición de hombre a “bípedo implume de uña ancha”. Ya no importa si la anécdota ocurrió, el hecho nos mostraría una antigua preocupación, natural en cualquier pensador: la de ampliar las definiciones para hacerlas caber a la fuerza en la realidad, y no al revés.


Lo que vemos en la foto es un bípedo con unas pocas plumas que sobrevivió a la arremetida de otro bípedo semejante. Poner a pelear a estos dos emplumados hasta la muerte de uno de ellos es una vieja tradición en Colombia y en otras partes de América Latina. Y podría decirse de aquellos que someten a los gallos a estas contiendas que no son más que “bípedos implumes de uñas anchas”, muy anchas a veces. Algo había de razón en Platón.


Se olvida a veces que el hombre es apenas algo más que un animal, que primero, que ante todo, antes del microchip y el arte, está la animalidad más básica que tal vez no podremos superar. Esa animalidad es la que se celebra en las galleras, las corralejas y las plazas de toros, esa animalidad sigue latente en las decisiones políticas, en los almuerzos de ejecutivos que disputan una diferencia de precios, en la competencia por la chica más bella de la escuela. Ese carácter inevitablemente animal de nuestra condición se olvida demasiado, y se sobreponen conceptos aparentemente mejores, pero en la práctica más pobres.


Quiero aventurarme a suponer que el lejano Diógenes ponía de presente un asunto más sencillo: la dificultad o imposibilidad que enfrenta cualquier persona al reducir la realidad a un puñado de frases. Lo absurdo en últimas de tal propósito. Todo aquel que intenta redactar un documento que pretenda dar cuenta de algo se enfrenta a los límites del lenguaje, a la precariedad de los datos y los instrumentos de medición. A veces exagera la simplicidad del fenómeno, cuenta unas pocas variables y levanta una teoría que se sostiene mal frente a los contraejemplos.


Es conocido el caso de cierto psicólogo evolutivo que por muchos años falsificó los resultados de sus experimentos para hacerlos caber dentro de su teoría. Así también pasa, por citar otro ámbito, con los modelos importados por nuestros políticos para mejorar la economía, la educación, la salud. A veces estiran tanto la teoría hasta que se les desborda la realidad. Maltratan tanto la teoría como el hombre de Platón maltrató al gallo de la foto sometiéndolo a la arena contra un semejante.

Quiere decirse que el hombre de Platón y el gallo son más semejantes de lo que ellos mismos reconocerían. Tanto el gallo, como el hombre de Platón, han sobrevivido, y seguirán estirándole los límites a la realidad, o a la teoría, mientras tengan ese impulso animal de disfrutar el espectáculo de la muerte, o de producirla a cambio de tener la dicha que tiene el gallo.

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