Más allá de la posibilidad de adquirir libros, asisto a la feria del libro de Bogotá con la expectativa de escuchar a algunos escritores hablando sobre sus obras, o dando su opinión sobre el estado de cosas del mundo. Es un ejercicio extraño aunque productivo, diríase que para eso están sus obras, pero a veces una conversación ajena ahorra varias horas de lectura. Hasta este momento he escuchado a Juan José Millás y a Fernando Savater.
En
el primer caso, escuchar a Juan José Millás da la impresión de estar ante
alguien muy extraño, que está a punto de perder la cordura, o que tal vez ya la
perdió pero consigue disimularlo bien. Cuando le dan el micrófono, Millás se
extiende en divagaciones, como lo hace en sus articuentos, y emite quejas sobre
el estado surreal de las cosas en el mundo. Sin embargo, tengo la impresión de
que protege bien sus secretos de escritor, y que lo hace a propósito.
Cuando
le preguntan qué está leyendo o a quién recomienda, dice que ya no lee, que
ocasionalmente lee poesía, pero no menciona a nadie; luego, ante otra pregunta
diferente menciona a Patricia Highsmith, a Oliver Sacks, a Stephen King, y se
declara candidato a padre adoptivo del Lazarillo de Tormes. Confiesa que no deja
nada sin publicar, que el cajón de su escritorio está vacío, que cada línea que
escribe es arrastrada a la impresión, que tiene una relación afectiva de un
máximo de dos días o una semana con sus textos cortos, y con sus novelas de uno
o dos meses, pero que luego los deja vivir su vida, afrontar su destino;
confiesa que incluso ha olvidado parte del argumento de algunas de sus novelas.
Y cuando esa información ha logrado sorprendernos nos cuenta que tiene el
compromiso de escribir unos cinco o seis textos por semana, un ritmo
alucinante. No extraña entonces que viva a punto de deschavetarse.
Por
el lado de Fernando Savater todo es muy cordial. Esperaba que hablara de
filosofía, que diera una de esas explicaciones fáciles que ocasionalmente se
encuentran en sus libros. Pero vino a lanzar una novela. Y en mi
opinión sus novelas son muy malas. Hay quien sabe ensayar, hay quien sabe
novelar. Savater es como Alberto Manguel, un animal de la primera especie. Sus
ensayos son más afortunados que sus novelas. Sus líneas argumentativas tienen
el gancho que le falta a sus líneas narrativas. Pero el hombre se regocija en
la escena, en la tarima, y apenas nos obsequia una que otra reflexión
inquietante cuando se toca el tema del toreo. Es conocido que Savater ha
intentado una defensa del toreo, por la vía filosófica, supongo. Por allí
empieza lo interesante, alguien del público se levanta indignado ante la falta
de moral de este “intelectual”.
“El
bárbaro eres tú” le responde Savater desde la tarima, “confundes tu relación
con los hombres con tu relación con los animales”. La violenta intervención del
personaje antitaurino, cargada de errores categóricos que pocos perciben,
termina con su salida del teatro. Savater explica entonces su punto. Que
nuestra moral acarrea compromisos con los hombres, no con los animales. Que
darle valor moral a la relación con los animales es un error categórico,
antropomórfico, y una barbaridad. Que no hay tal cosa como el sufrimiento
animal, que el sufrimiento es un ámbito humano. Da la impresión entonces de que
nos está enredando, de que su argumento tiene un dejo nominalista, de que basta
ponerle nombre a algo para que exista.
En
fin. Al cabo de un rato ambos escritores se las apañan como pueden, y al cabo
de otro rato, una fila de compradores espera que le firmen sus libros.
Se trata de antojarse del libro, comprar el libro, hacer la fila, firmar el libro, salir
del auditorio, empezar el libro, antojarse de otra cosa, abandonar el libro.
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