Escribir es siempre escribir a varias manos, o al menos a varias cabezas. Tomemos como ejemplo a Shakespeare, y me disculpan, porque puede que Shakespeare no haya escrito todas sus obras, o al menos no en soledad. Pienso en Christopher Marlowe de quien se especuló por varios siglos que pudo ser el verdadero autor de algunas de esas obras, hasta que hace unos años por fin salimos de dudas.
El chisme es así: en 2016 veintitrés académicos de cinco países publicaron su veredicto: Christopher Marlowe, un reconocido dramaturgo que murió en extrañas circunstancias, colaboró activamente en la escritura de la tragedia de Enrique VI. La investigación se llevó a cabo con herramientas de análisis computacional de patrones lingüísticos y otras técnicas más tradicionales con las que se perfiló un esquema del estilo de ambos autores. Este esquema no sólo permitió identificar a Marlowe en las obras “de Shakespeare” sino también a otros escritores menos conocidos (Thomas Nashe, George Peele, Thomas Heywood, Ben Jonson, George Wilkins, Thomas Middleton, John Fletcher, entre otros). La evidencia empírica presentada fue tan contundente que la editorial de la Universidad de Oxford decidió publicar el mismo año una nueva edición de las obras de Shakespeare en la que aparece Marlowe como coautor de Enrique VI en la portada, así como los demás autores en cada una de las obras en las que participan.
Pillar a Shakespeare con las manos en la masa no resulta tan extraño si se tiene en cuenta que la noción del escritor como artista estaba apenas en formación para su época. En ese entonces se acostumbraba que los libretos fueran esbozados por un encargado y compartidos muy pronto a los actores, que tachaban líneas enteras y agregaban parlamentos libremente. Es posible que esa virtud “suya” de representar a fondo a personajes antagónicos, se deba en buena medida a su relación constante con actores y con otros escritores. No existía entonces tal cosa como la devoción al escritor consagrado, algo ahora muy común en cada octubre nuestro en que se anuncia un nuevo Nobel de Literatura.
Pero busquemos un ejemplo menos inocente. Otro chisme. Resulta que Alexandre Dumas padre llegó a tener más de 70 negros literarios, que así los llaman en francés. Dumas apenas esbozaba los planes generales de “sus obras”, aportaba en las tramas y recogía información para la escritura, pero eran sus escritores en la sombra quienes redactaban los textos. A propósito, la persona que escribe por encargo en la sombra y que no firma ni se le reconoce como legítimo autor tiene varios nombres según la lengua. En alemán existe la impronunciable Auftragsschreiber (que pone el énfasis en la encomienda), pero es más común la misma palabra del inglés: Ghostwriter, que expresa el carácter subterráneo de los encargos. Y aunque ese mismo término, écrivain fantôme, exista en francés, es más popular nègre littéraire, tanto así que la Oficina de la Lengua Francesa en Quebec (OLF) lo ha desaconsejado y en su lugar recomienda el cándido prête-plume (pluma prestada), que no creo que se vaya a imponer.
Pero me desvío. Decía que en algunas de las piezas más importantes de Dumas padre como Los Tres Mosqueteros, o Veinte Años Después, participó activamente Auguste Maquet, un dramaturgo que fue el más popular de sus "negros colaboradores", y que incluso lo llevó a juicio en una disputa por la venta de “sus” obras. La fama de Alexandre Dumas como contratista de escritores fantasma fue tal que varias anécdotas de la época bromean con ese comportamiento. Cuentan por ejemplo que en una ocasión Alexandre Dumas padre le preguntó a su hijo: «¿Has leído mi nueva novela?». A lo que el hijo contestó: «No, ¿y tú, la has leído?».
La escritura fantasma es una profecía autocumplida: existe la presión por publicar y existe el mercado que demanda la escritura. Una cosa alimenta la otra. La fama se construye a sí misma. Entre tanto algunos escritores permanecen en el anonimato y otros están condenados a él. Y al final todo es una obra a varias manos.
Pero se escribe a varias manos de varias maneras, y por eso quiero poner un ejemplo más que no está en el código penal, ni en inglés, ni en francés, sino en nuestra mitología local.
Gabriel García Márquez concebía la novela como un tejido de cuentos en el que no se notan las costuras. Es posible leer cada capítulo de Cien Años de Soledad como si se tratara de un cuento en sí mismo, hacerlo de esta manera permite saborear el trabajo de ensamblaje suizo urdido por el escritor y descubrir que cada parte está concebida como un universo propio. Sin embargo, desde el resultado final es imposible recomponer el proceso hasta sus bocetos. No existe la ingeniería inversa en la escritura.
No obstante, siempre hay alguien empeñado en lo imposible. Álvaro Santana-Acuña, un profesor del Whitman College de Washington, se dio a la tarea de recorrer archivos y bibliotecas olvidadas de Francia, Estados Unidos, Argentina, México, España y Colombia para intentar descifrar la magia de Cien Años de Soledad. Su pesquisa forense le rindió frutos magníficos: encontró que siete capítulos de Cien Años de Soledad, más del 30% de la obra, fueron publicados previamente por García Márquez en distintas revistas independientes, tal vez con el único propósito de valorar críticamente el camino emprendido en la novela.
Es bastante conocido que García Márquez reunió a varios de sus amigos más íntimos y francos para leerles los capítulos que él consideraba "los más arriesgados". Se sabe que esas lecturas y las críticas a esas publicaciones previas le permitieron modificar fragmentos del texto. De ese modo, las casas de Macondo no eran en un principio “de barro y cañabrava” sino tan solo de “adobe”, y el que sería el coronel Aureliano Buendía fue primero "un hijo saludable" y luego uno "con todas sus partes humanas".
No hablemos ya de lo que le quedamos debiendo a Mercedes Barcha, ni a William Faulkner en la obra de Gabo. Porque ocurre que los grandes éxitos literarios suelen tejer la leyenda del escritor, pero la historia del escritor suele ser algo más mundano: una leyenda más. Acaso exista en el mundo el genio salvaje, pero vista con lupa la genialidad humana siempre la ponen las circunstancias.
No pretendo negar algún grado de autoría, pero se me ocurre que la escritura de un guión en nuestra época se parece bastante al montaje de una tragedia del siglo XVII: se trata de un trabajo esencialmente logístico. Consiste en disponer el talento de muchas personas alrededor de un relato común, administrar límites individuales, descubrir virtudes colectivas. Ocurre así también con la publicación de cualquier título, lo saben editores, correctores de estilo, diagramadores, libreros, bibliotecarios, y claro, escritores.
Quiere decirse que nadie escribe solo, o realmente solo. O mejor, que la escritura es siempre la ampliación de un campo de batalla ya desbordado por otros.

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