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El joven de la derecha que junta las manos y baja la mirada en actitud contrita es mi padre. Es posible que el que está a su lado así como el de rostro aindiado detrás de este último, provengan también de una familia de padres campesinos, de esos que trabajaron toda la vida para hacerse a una parcela. La de mi abuelo era un terreno inclinado de algo así como una hectárea en las faldas de una vereda, Cumba, en los límites de un municipio que para la época estaba aún lejos de Bogotá, Chipaque.
De modo que ese joven de la derecha, que era el mayor de sus hermanos, supo valerse de su talento académico para persuadir al cura del pueblo con la promesa de un futuro sacerdocio. O tal vez fue el sacerdote del pueblo quien persuadió al joven campesino y apostó por su vocación eclesiástica. El caso es que aquel muchacho no tuvo que pensar demasiado para ingresar al Seminario Menor en Choachí atendiendo no tanto el llamado de dios como el de la vida misma.
Si no supiera de la antigüedad de sus lentes fondo de botella pensaría que usa unos visores cortavientos de ciclista de montaña. Nótese la textura del velo que recubre su sotana, compárese ésta con el velo de su vecino, mucho más fino, detallado, con cruces y encajes barrocos; conclúyase entonces que al lado de su compañero mi padre porta un mantel de croché motoso que incluso le viene pequeño. No es improbable que lejos de avergonzarse tuviera el acierto de reírse de sus prendas con una risa que alguna vez le escuché a mi tío, su hermano menor. Es un disfraz inteligente después de todo, lo usó para aprender latín y francés, y para iniciar estudios en teología que luego corregiría como filósofo.
Nótense los botones de la sotana al frente como es el uso católico, y la punta del lazo que da forma al traje y cuelga desgastada a la derecha bajo el botín del novicio que no lleva velo. Una tarde muchos años después mi padre nos encontraría a mis hermanos y a mí jugando a colgarnos del techo con aquel lazo cuyo nombre siempre me ha sido esquivo. Puede que el destino final de su atuendo de seminarista le hubiera traído un arranque de rabia clerical, porque esa misma tarde mi padre nos reprendió a mí y a mis hermanos y nos prohibió expresamente volver a jugar con el lazo tentador. Años más tarde mi madre me contaría que cada nudo en aquel lazo negro representa para los Monfortianos un voto alcanzado en el noviciado, pero a muchos años de distancia parece extraño que puedan alcanzarse condiciones con las que se ha crecido sin remedio: pobreza, castidad, obediencia.
Me gusta estudiar esta foto como quien estudia un vestigio arqueológico, y siempre encuentro con dolor que nada en ella es tan viejo como parece. Las columnas de ladrillo que levantan un techo generoso en el seminario, el novicio que al dar la espalda difumina su velo trascendiendo el movimiento, el cuadro ignorado en la pared, el gesto remoto y tenso del indio ante el espectáculo de la fe, los dos puntos de luz en el piso, de un sol que castiga el corredor y que permite calcular el grosor de la columna a la derecha, unos puntos que habrán desaparecido con el siguiente paso de mi padre.
Con el tiempo vendrá mi madre y pondrá un final generoso al capítulo, con el tiempo mi padre se hará profesor de filosofía y luego alcalde de su pueblo y seguirá madrugando como en el seminario; y viajará una y otra vez de la ciudad al pueblo y del pueblo a la ciudad hasta encontrar la muerte. Las fotos antiguas, como las cicatrices, nos recuerdan que el pasado fue real.
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