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En la muerte del Rey de Redonda, un fragmento suyo.


Todo empieza en 2009 con una visita de Fernando Vallejo a la Universidad Nacional. Días después de otorgarle un honoris causa, la Facultad de Ciencias Humanas invita al escritor a un conversatorio sobre su nuevo libro El don de la vida.

Maestro Vallejo, le dice un desprevenido estudiante, ¿cuál es el escritor cuya lectura usted recomienda para nuestros días? Sin meditarlo, Vallejo inicia una larga diatriba contra todo lo divino y lo humano, dice que ya no lee, que la literatura, el cine, la música, la historia, la poesía, la gramática, la palabra; todo está muerto. Se burla del culibajito del presidente Uribe, despotrica de la iglesia católica y del sacerdote que le hizo un homenaje en la Universidad Javeriana, se pierde en su longeva cabeza hasta que por fin, encontrando la brújula por azar, recuerda la pregunta y contesta: Javier Marías. 

Meses después estoy buscando qué leer. Tengo varios títulos pendientes sobre el escritorio, otros tantos sobre la mesa de noche, pero no soporto la vida sin ir a la biblioteca a ver qué me depara el destino. Y el destino se manifiesta en una voz: Javier Marías, Pasiones Pasadas.

Más tarde, Eric me cuenta que conoció a Álvaro Mutis en Paris, la charla se enreda con cualquier cosa y se desenreda con Borges. Me cuenta una anécdota de ese ciego sabio en un hotel de Paris, me confiesa que lo aturde no haber encontrado el tiempo para estudiar el humor de Borges.  Borges es una trampa. Sus bromas. 

Esa noche estoy desprevenido en mi cama, tomo el libro de Javier Marías y lo abro en alguna página al azar. Leo que Javier Marías tradujo en 1983 a Sir Thomas Browne, el médico y prosista londinense del siglo XVII, y que según investigó el escritor español, existía sólo una traducción del capítulo V de Urn-Burial ejecutada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, y publicada en 1944 en su revista Sur. Y luego se lee:

«Esa versión de Borges y Bioy es tan hermosa como inexacta. Pero sin duda su mayor mérito es el de ofrecer una fantástica particularidad: en ella aparece un fragmento de Hydriotaphia o Urn-Burial que no existe en el original inglés. Ni en el de 1658, ni en las ediciones modernas, ni tan siquiera en las abundantes marginalia que C A Patrides incluyó en la suya de 1977.
Pocos meses después de terminar mi traducción, Borges visitó Oxford, en cuya universidad yo me encontraba entonces enseñando literatura española y teoría de la traducción. Era el 9 de octubre de 1983, y el coloquio en inglés a que Borges se prestaba en St Peter’s College discurría plácidamente sobre sus temas predilectos, sin más sobresaltos que el del tañido de alguna campana, con las preguntas esperables y esperadas por parte de los dons y estudiantes oxonienses. En un momento dado no pude resistir la tentación y pedí la palabra:
Borges –dije (pues así pidió él que se lo llamara durante el coloquio) –, en 1944 usted publicó con Bioy Casares, una traducción del capítulo V de Urn-Burial, de Sir Thomas Browne.
Borges hizo primero un aspaviento, el de cualquier hombre al que se le pide que retroceda cuarenta años de golpe, pero en seguida rememoró y asintió:
Sí, es cierto, lo recuerdo.
Yo he traducido ese mismo texto recientemente –seguí yo –, y al examinar la traducción de ustedes he descubierto en ella un pasaje que no existe en el original. Quería preguntarle si recuerda haberlo inventado. Si en efecto lo inventó usted.
Borges fingió primero gran sorpresa, luego negó y por último, como quien ha sido cogido en flagrancia, le echó la culpa a Bioy:
¿De veras? No recuerdo tal cosa. Pero no, yo nunca me habría atrevido a añadir una sola línea a la incomparable prosa de Sir Thomas, al que admiro tanto. Sería Bioy Casares, tal vez.
Con el tiempo me he convencido de que Borges no dijo la verdad en aquella ocasión, quizá porque nos encontrábamos a pocos metros de Pembroke College en la ciudad de Oxford, donde Browne estudió, y donde se tiene al médico londinense por uno de sus hijos más preclaros. Se me ocurre que, de haberle hecho esa pregunta en español y por ejemplo en Madrid, la respuesta podría haber sido otra. Ya nunca lo sabré. Me queda, eso sí, el consuelo de saber que el fragmento apócrifo permanece en ese limbo favorito de Borges, en el que si bien carece de paternidad, tampoco puede decirse que sea anónimo.»

«Amplios son los tesoros del olvido, e innumerables los montones de cosas en un estado próximo a la nulidad; más hechos hay sepultados en el silencio que registrados, y los más copiosos volúmenes son epítomes de lo que ha sucedido. La crónica del tiempo empezó con la noche, y la oscuridad todavía la sirve; algunos hechos nunca salen a la luz; muchos han sido declarados; muchos más fueron devorados por la oscuridad y las cavernas del olvido. Cuánto ha quedado en vacuo, y nunca será revelado, de esos longevos tiempos en los que los hombres apenas recordaban su juventud, y más que antiguos parecían antigüedades, cuando perduraban más en sus vidas que ahora en nuestras memorias.»

Estas son las líneas que aún no son de Borges ni de Bioy pero que un día fueron de un Browne que sólo existió en español. Como suyas recuerdo que llegó a citarlas hace mucho Fernando Savater. Como mías llegué a citarlas parcialmente en 1982, cuando aún parecían ser uno de esos hechos que «nunca salen a la luz», «tesoros del olvido», una de esas cosas «en un estado próximo a la nulidad».


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